domingo, 7 de agosto de 2016

La historia de mis palabras:

 Agosto 7 de 2016


Siempre me he preguntado por qué las palabras valen tanto, su precio es tan abrumador que muchas veces me he quedado endeudada con bastantes personas y en otras ocasiones solo he decidido no gastarlas, pues como dicen las famosas palabras que hicieron célebre al filósofo Eurípides: “Si tienes palabras más fuertes que el silencio, habla. Si no las tienes, entonces guarda silencio.” Por eso he tomado bastantes decisiones que me han traído mucha alegría y otras, bastante tristeza, ya que, en el papel, en el tablero, en los cuadernos, agendas o en las hojas de los árboles se puede borrar, quemar o destruir lo que uno escribe, pero jamás se puede borrar una buena o mala palabra que se profiere a una persona a la que amas, ni mucho menos, desdecir una palabra hiriente, cortante e imprudente que uno haya dicho en algún momento. Siempre somos recordados por nuestras palabras, es decir, por esa compleja capacidad, desarrollo, habilidad y competencia que hemos alcanzado como sociedad racional.

Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en los discursos que hicimos esta semana como actividad de desarrollo y evaluación de nuestra expresión oral en la clase de “Naturaleza de las Áreas en español”. En ésta, vimos una muestra de quiénes somos, porque las palabras constituyen la esencia de nuestro ser; ellas junto con las características de la expresión oral como el tono, el timbre, la intensidad y  la expresión corporal dibujan el carácter de nuestra personalidad, la belleza de nuestro espíritu, la amplitud de nuestra experiencia, lo basto de nuestro conocimiento y la luz de nuestra sabiduría. No obstante, mi escrito tiene otra intención y es mostrarles a través de un pequeño ejemplo esas vivencias que habitamos y construimos cada día a través de las palabras, como vehículo que nos lleva de la niñez a la senectud, de la inocencia al amor, de la tranquilidad a la pasión, y de la soledad a la compañía.

Así sucedió aquella vez, hace más de un año, donde se repetía el arduo proceso de ensayo –error que vivieron la mayoría de nuestros antepasados cuando trataban de cumplir y disfrutar el proceso natural de selección de pareja para la etapa romántico-reproductiva. Sí, me vi envuelta en ese proceso que muchos pasan con dolor y que unos pocos afortunados y despreocupados seres encuentran a la vuelta de la esquina, sin mayor esfuerzo y como si fuera una “Lotería”.

Yo, que siempre he sido una chica espontánea y divertida, me llené de pavor al encontrar los ojos de aquel muchacho con el que había soñado hace muchas semanas. El temor siguió creciendo cuando él decidió acercarse y cortar el hielo con estas sencillas palabras: —Tú eres del primer semestre, nunca te había visto antes— y yo solo pude responder trastabillando— sí— y me alejé. Desde ese momento, marqué decisivamente lo que sería nuestra relación, porque definitivamente, las palabras rotulan con un matiz espacial nuestras relaciones con los otros y nosotros mismos. Cuando pienso en aquella historia, puedo echarle la culpa del fracaso de esta relación a las palabras y a nuestra poca incompatibilidad para comunicarnos, pero también puedo agradecer el inicio de otras nuevas relaciones, donde las palabras fueron las más adecuadas, dulces, y donde la comunicación era casi perfecta porque se resumía en pequeñas palabras y muchos besos.


Para concluir, las palabras son todo lo que tenemos. No tenerlas es mutilar parte de lo que somos, es desdibujar la condición de lo que nos constituye como seres complejos llenos de belleza, emoción, inteligencia, experiencia, conocimientos, es decir llenos de singularidad irrepetible. La oralidad es nuestra existencia visible en la sociedad, es nuestra arma, nuestra llave para acceder a todo lo que es humano y necesario para nuestra supervivencia en este mundo creado y sostenido por la palabra sabia del creador.

1 comentario:

  1. Stepahnie, me gusta este texto, más que el primero.

    Debes revisar puntuación, es muy importante darle coherencia al texto.

    Corrige esta expresión: "Así, sucedió aquella de esa vez, hace más de un año..."

    Me gusta tu descricpción de la situación comunicativa con ese sujeto... al que respondiste: solo sí. Te faltó agregar algo...pero aún puedes hacerlo ¿o no? Creo que no, porque terminaste en otra relación...

    "Para concluir", y no has concluido... sobra en el penúltimo párrafo.

    Nuestras palabras nos venden a los otros.

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