Soliloquio
de mi poesía: ¿Para qué leer?
Mientas
me acerco más a una exploración significativa, consciente y
profunda sobre el papel y el uso que le doy a los procesos del
habla, la lectura, escritura y escucha, siento un deseo
enorme por desbordar todas mis inquietudes sobre el sentido de la lectura en mi
vida, quiero gritar y amar cada respuesta que pueda consolar mi inmensa
curiosidad del porqué existe la lectura, quiero explorar cada sensación, pensamiento y conocimiento que tengo acerca de
esta, así sea vago.
Primero, empiezo por plantearme los siguientes interrogantes:¿por qué necesito
de la lectura?, ¿dónde puedo encontrar respuesta a mis más grandes
temores?, ¿en qué o en quién puedo apoyarme para tomar decisiones?, ¿qué puede
sanar mi cuerpo más allá de lo efímero y puede librar mi alma de las limitaciones de mi debilidad
humana?,¿
para qué sirven, entonces, los libros?,¿será que en ellos encuentro
respuestas sinceras que nadie más
puede brindarme?, ¿será
que las palabras sostienen la vida y crean todo lo que la
transita? Y principalmente ¿para qué leer poesía?
Entonces,
sin lugar a duda las respuestas son todas con carácter afirmativo, pero
eso no es lo que yo necesito, necesito indagar por una razón más fuerte que la
que pueda darme cualquier
teórico, claro está, necesito explicar más a fondo que la lectura es más que un invento que despliega la
creatividad del hombre y que lo hace ser humano en todo el sentido de la
palabra, necesito explicar mi experiencia con la lectura y las razones por las que la busco para apoyar mi vida y darle sentido a cada una de mis
vivencias.
En
segundo lugar, quiero aclarar que todo este interrogatorio no es más que un
pretexto para preguntarme por la
existencia, por ese hilo delgado que nos hace saber que estamos vivos, que nos traslada de
un lugar a otro buscando sentido y que nos permite
tomar con “libertad” decisiones, sin saber con
certeza que nos espera; es cierto, al preguntar para que leer y aún más
para que leer poesía, me estoy cuestionando por las horas y por la decisión de la voluntad en ocupar su tiempo en un ocio que esconde el sentido de mi
vida; me estoy preguntando por
el uso que le doy a cada hora que me resta de mi gastada existencia, me
estoy interrogando, principalmente, por el uso consciente e inconsciente de mi
voluntad en ocupar el espacio en un remedio, en un invento, en una realidad, en una descripción de lo que nos hace más humanos y menos
animales, me estoy refiriendo a aquello que nos hace racionales y no
irracionales, reflexivos y pacíficos; me estoy refiriendo a la lectura como
una muestra, que encarna unas características y
una realidad que nos constituye en esencia como seres
trascendentales, históricos y
espirituales; y así me estoy
cuestionando sobre mi amor por la lectura.
Tercero,
este es el punto más importante, quiero contarles cuál
ha sido mi experiencia con
la lectura y por qué amo tanto la poesía. Resulta que mientras crecía y vivía cada
situación que le toca a
travesar a cada ser humano
en la tierra mientras vive, fue creciendo en mi un montón de tristeza, vacíos e
incertidumbres ante ese mal sintetizado por Rousseau como: “el hombre
nace bueno pero la sociedad lo corrompe”. Luego, me vi vulnerable ante los
inmensos deseos de mi carne y los tantos obstáculos morales, intelectuales y los terribles dolores que pueden traer a una joven con su piel tierna y con su corazón sin mancha, el interactuar con los
otros, el crecer y luego adolecer de todo lo que uno
creía tener y entre esto la seguridad, la confianza
y el amor en toda su máxima expresión. Pero, cuando se tiene 16 o hasta unos veinte tantos años de vida se
pasa uno rondando por el
deseo de querer vivir, experimentar, gastar todo lo
nuevo en besos y caricias, en peleas y juegos para jugar al amor, a los celos, a las envidias y a los otros sentimientos que acompañan cada suceso de la vida de un ser humano.
Por tanto, se quiere vivir, pero sin ser
lastimado, porque se conoce que el
tiempo, las manos y las palabras van ajando la piel y van hiriendo
un corazón que se vuelve
desconsolado y desconfiado, cuando, en realidad, uno solo quiere vivir esa hermosa experiencia
de lo más sagrado: el amor, por el cual todo vale la pena,
por el que a travesamos esa aventura peligrosa de la existencia y aguantamos como héroes las inmensas decepciones, pérdidas y dolores con la idea de que se va a vivir para siempre en el recuerdo, aunque tengamos 100 años, de la célebre escena de una película o de una obra de arte donde se tiene veinte años y todo
está recreado como en el poema de José
Asunción Silva:
“desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos;
tu cuerpo de veinte años entre la roja seda,
tus cabellos dorados y tu melancolía
tus frescuras de virgen y tu olor de reseda...
Apenas alumbraba la lámpara sombría
Los desteñidos hilos de la tapicería”. (Este es el Nocturno número uno de él)
Ahora
bien, yo leía
principalmente para encontrar respuestas a mis dudas sobre el amor y para encontrar en otros las dudas a mis preguntas sobre el amor porque
cuando somos jóvenes inexpertos deseamos cobijar toda nuestra vulnerabilidad bajo la sombra de las
experiencias de maduros escritores, que han perdido parte de su corazón
sin miedo y valentía, solo por entrar en el campo desafiante del
amor. Por otro lado, sigo leyendo poesía para
poder explicar el efecto que ha hecho en mi vida la
presencia de aquel joven, en efecto para explicar cómo con una sola de sus miradas
pudo capturar mi
corazón en un instante y cómo mi mente solo puede vivir cada minuto de
los días en su mirada hermosa, cristalina y coqueta, para explicar cómo tocó mi piel con una
sola de sus miradas y como besó mi alma con una sola de sus palabas, es decir, para encontrar en lo que escribía
Salomó, la empatía y la certeza de la belleza de
todos mis sentimientos porque él también le escribía hermosas poesía a sus
amadas esposas y concubinas como esta:
“He aquí que tú
eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa;
Tus ojos entre tus guedejas como de paloma;
Tus cabellos como manada de cabras
Que se recuestan en las laderas de Galaad.
Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas,
Que suben del lavadero,
Todas con crías gemelas,
Y ninguna entre ellas estéril.
Tus labios como hilo de grana,
Y tu habla hermosa;
Tus mejillas, como cachos de granada detrás de tu velo.
Tu cuello, como la torre de David, edificada para armería;
Mil escudos están colgados en ella,
Todos escudos de valientes”. (Cantar de los Cantares)
Tus ojos entre tus guedejas como de paloma;
Tus cabellos como manada de cabras
Que se recuestan en las laderas de Galaad.
Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas,
Que suben del lavadero,
Todas con crías gemelas,
Y ninguna entre ellas estéril.
Tus labios como hilo de grana,
Y tu habla hermosa;
Tus mejillas, como cachos de granada detrás de tu velo.
Tu cuello, como la torre de David, edificada para armería;
Mil escudos están colgados en ella,
Todos escudos de valientes”. (Cantar de los Cantares)
En
síntesis, leí y leo poesía, porque abrazo y reafirmo que
en la poesía se encuentra respuesta hasta para los momentos más
difíciles, un ejemplo de esto lo
relata poeta Edward Hirsch cuando explicó que descubrió su amor por la poesía mientras estaba en una lucha emocional: “Quería expresar lo que estaba sintiendo, para darle sentido, darle
orden y forma, para transfórmalo. Necesitaba ayuda para que mi cabeza estuviera a flote”. Entonces, yo leo poesía porque he disfrutado muchos
años de sanidad emocional más allá de
mis limitaciones humanas, porque he recibido palabras de consuelo en mis más
grandes tristezas y problemas, porque como dice la Biblia la verdad te hará libre, y leer te hace descubrir la
verdad y la sabiduría. Así que, leo mucho porque me muestra quien soy,
me libera de las
apariencias, porque me deja expresarme con libertad, me hace ser honesta y entender más allá de mi mundo cercano una mirada distinta, un panorama lleno de oportunidades, estrellas que
no conocía y en fin, porque mantiene
mi esperanza y eso es lo que me ayuda a proseguir en la vida.




