domingo, 28 de agosto de 2016

Soliloquio de mi poesía: ¿Para qué leer? 

Mientas me acerco más a una exploración significativa, consciente  y profunda sobre el papel y el uso que le doy a los procesos del habla, la lectura, escritura y escucha, siento un deseo enorme por desbordar todas mis inquietudes sobre el sentido de la lectura en mi vida, quiero gritar y amar cada respuesta que pueda consolar mi inmensa curiosidad del porqué existe la lectura, quiero explorar cada sensación, pensamiento y conocimiento que tengo acerca de esta, así sea vago. 

 Primero, empiezo por plantearme los siguientes interrogantes:¿por qué necesito de la lectura?, ¿dónde puedo encontrar respuesta a mis más grandes temores?, ¿en qué o en quién puedo apoyarme para tomar decisiones?, ¿qué puede sanar mi cuerpo más allá de lo efímero y puede librar mi alma de las limitaciones de mi debilidad humana?,¿ para qué sirven, entonces,  los libros?,¿será que en ellos encuentro respuestas sinceras que nadie más puede brindarme?, ¿será que las palabras sostienen la vida y crean todo lo que la transita? Y principalmente ¿para qué leer poesía?
  
Entonces, sin lugar a duda las respuestas son todas con carácter afirmativo, pero eso no es lo que yo necesito, necesito indagar por una razón más fuerte que la que pueda darme cualquier teórico, claro está, necesito explicar más a fondo que la lectura es más que un invento que despliega la creatividad del hombre y que lo hace ser humano en todo el sentido de la palabra, necesito explicar mi experiencia con la lectura y las razones por  las que la busco para apoyar mi vida y darle sentido a cada una de mis vivencias. 

En segundo lugar, quiero aclarar que todo este interrogatorio no es más que un pretexto para preguntarme por la existencia, por ese hilo delgado que nos hace saber que estamos vivos, que nos traslada de un lugar a otro buscando sentido y que nos permite tomar con “libertad” decisiones, sin saber con certeza que nos espera; es cierto, al preguntar para que leer y aún más para que leer poesía, me estoy cuestionando por las horas y por la decisión de la voluntad en ocupar su tiempo en un ocio que esconde el sentido de mi vida; me estoy preguntando por el uso que le doy a cada  hora que me resta de mi gastada existencia, me estoy interrogando, principalmente, por el uso consciente e inconsciente de mi voluntad en ocupar el espacio en un remedio, en un invento, en una realidad, en una descripción de lo que nos hace más humanos y menos animales, me estoy refiriendo a aquello que nos hace racionales y no irracionales, reflexivos y pacíficos; me estoy refiriendo a la lectura como una muestra, que encarna unas características y una realidad que nos constituye en esencia como seres trascendentales, históricos  y espirituales; y así me estoy cuestionando sobre mi amor por la lectura. 

Tercero, este es el punto más importante, quiero contarles cuál ha sido mi experiencia con la lectura y  por qué amo tanto la poesía. Resulta que mientras crecía y vivía cada situación que le toca a travesar a cada ser humano en la tierra mientras vive, fue creciendo en mi un montón de tristeza, vacíos e incertidumbres ante ese mal sintetizado por Rousseau como: “el hombre nace bueno pero la sociedad lo corrompe”. Luego, me vi vulnerable ante los inmensos deseos de mi carne y los tantos obstáculos morales, intelectuales y los terribles dolores que pueden traer a una joven con su piel tierna y con su corazón sin mancha, el interactuar con los otros, el crecer y luego adolecer de todo lo que uno creía tener y entre esto la seguridad, la confianza y el amor en toda su máxima expresión. Pero, cuando se tiene 16 o hasta unos veinte tantos años de vida se pasa uno rondando por el deseo de querer vivir, experimentar, gastar todo lo nuevo en besos y caricias, en peleas y juegos para jugar al amor, a los celos, a las envidias y a los otros sentimientos que acompañan cada suceso de la vida de un ser humano. 
Por tanto, se quiere vivir, pero sin ser lastimado, porque se conoce que el tiempo, las manos y las palabras van ajando la piel  y van hiriendo un corazón que se vuelve desconsolado y desconfiado, cuando, en realidad, uno solo quiere vivir esa hermosa experiencia de lo más sagrado: el amor, por el cual todo vale la pena, por el que a travesamos esa aventura peligrosa de la existencia y aguantamos como héroes las inmensas decepciones, pérdidas y dolores con la idea de que se va a vivir para siempre en el recuerdo, aunque tengamos 100 años,  de la célebre escena de una película o de una obra de arte donde se tiene veinte años y  todo está recreado  como en el poema de José Asunción Silva: 
desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos; 
tu cuerpo de veinte años entre la roja seda, 
tus cabellos dorados y tu melancolía 
tus frescuras de virgen y tu olor de reseda... 
Apenas alumbraba la lámpara sombría 
Los desteñidos hilos de la tapicería”. (Este es el Nocturno número uno de él) 

Ahora bien, yo  leía principalmente para encontrar respuestas a mis dudas sobre el amor y para encontrar en otros las dudas a mis preguntas sobre el amor porque cuando somos jóvenes inexpertos deseamos cobijar toda nuestra vulnerabilidad bajo la sombra de las experiencias de maduros escritores, que han  perdido parte de su corazón sin miedo y valentía, solo por entrar en el campo desafiante del amor.  Por otro lado, sigo leyendo poesía para poder explicar el efecto que ha hecho en mi vida la presencia de aquel joven, en efecto para explicar cómo con una sola de sus miradas pudo capturar  mi corazón en un instante y cómo mi mente solo puede vivir cada minuto de los días en su mirada hermosa, cristalina y coqueta, para explicar cómo tocó mi piel con una sola de sus miradas y como besó mi alma con una sola de sus palabas, es decir, para encontrar en  lo que escribía Salomó, la empatía y la certeza de la belleza de todos mis sentimientos porque él también le escribía hermosas poesía a sus amadas esposas y concubinas como esta:
“He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa; 
Tus ojos entre tus guedejas como de paloma; 
Tus cabellos como manada de cabras 
Que se recuestan en las laderas de Galaad. 
Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas, 
Que suben del lavadero, 
Todas con crías gemelas, 
Y ninguna entre ellas estéril. 
Tus labios como hilo de grana, 
Y tu habla hermosa; 
Tus mejillas, como cachos de granada detrás de tu velo. 
 Tu cuello, como la torre de David, edificada para armería; 
Mil escudos están colgados en ella, 
Todos escudos de valientes”. (Cantar de los Cantares)

En síntesis, leí y leo poesía, porque abrazo y reafirmo que en  la poesía se encuentra respuesta hasta para los momentos más difíciles, un ejemplo de esto lo relata  poeta Edward Hirsch cuando explicó que descubrió su amor por la poesía mientras estaba en una lucha emocional: “Quería expresar lo que estaba sintiendo, para darle sentido, darle orden y forma, para transfórmalo. Necesitaba ayuda para que mi cabeza estuviera a flote”. Entonces, yo leo poesía porque he disfrutado muchos años de sanidad emocional más allá de mis limitaciones humanas, porque he recibido palabras de consuelo en mis más grandes tristezas y problemas, porque como dice la Biblia la verdad te hará libre, y leer te hace descubrir la verdad y la sabiduría. Así que, leo mucho porque me muestra quien soy, me libera de las apariencias, porque me deja expresarme con libertad, me hace ser honesta y entender más allá de mi mundo cercano  una mirada distinta, un panorama lleno de oportunidades, estrellas que no conocía y  en fin, porque mantiene mi esperanza y eso es lo que me ayuda a proseguir en la vida. 


domingo, 21 de agosto de 2016

SOBRE EL SENTIDO OLVIDADO Y LOS PREJUICIOS:


¿Por qué si nacimos escuchando, no sabemos escuchar?, ¿a quién le ha importado luchar por la educación integral en la escucha para el ser humano?, ¿quién realmente ha escuchado con libertad de prejuicios?, ¿quién ha podido disfrutar de la belleza de los sonidos, incluso de aquellos que le desagradan? Estas son algunas de las preguntas que nacen en mí, una maestra en formación del sexto semestre, al escuchar las sabias palabras de su profesor de Naturaleza de las Áreas en Español, José Cano, cuando nos enseñaba lo que la vida y sus conocimientos le habían revelado sobre la importancia de saber escuchar y nos preguntaba: “¿A quién aquí le han enseñado a escuchar?”. 

A partir de esto, he descubierto y entendido por qué las personas tenemos problemas en nuestras relaciones, por qué no aceptamos con tranquilidad la opinión de los otros. Esto es porque los vemos como una amenaza, porque queremos imponernos o, porque otros se han impuesto ante nosotros para que hagamos lo que ellos quieren. Por qué existe la violencia, las guerras, los malos entendidos, por qué se desata el rencor y la crítica. Y he llegado a la conclusión de que la raíz es, en esencia, el no saber escuchar, acompañada con otros males que empujan al caos, a la desesperación y al estallido de la inevitable incomprensión, la que termina en autoritarismo, racismo, rechazo, exclusión y/o prejuicios. 

En mi caso, lo he vivido cientos de veces; he conocido personas que no les interesa escuchar y solo quieren hablar, personas que me critican sin conocerme, personas que me califican por mi manera de vestir, hablar, moverme y hasta por mi derecho a respirar, muchos le llaman a esto el fenómeno mundial de: “Yo no soy monedita de oro para caerle bien a todo mundo”, pero yo le llamo intolerancia, incomprensión y sobre todo prejuicios. Esos son los motivos que llevan a unos a rechazar a otros y negarles la posibilidad de opinar en un mundo en su mayoría “democrático”, porque al parecer, en este país a nadie le importa en la práctica, formar personas democráticas que sean capaces de aceptar las opiniones de los otros, sin importar o no que les agraden y saber, también, defender las suyas. 

Por tanto, el problema de la escucha y de los prejuicios no es un problema aparte de la educación, sino uno de los factores esenciales que adolece la misma y uno de los males que reciben los docentes y personas del común cuando son educadas en un sistema educativo donde se enseña a privilegiar la exclusión, la intolerancia y donde se calla a las minorías. Con relación a esto, Charlotte Brontë dice: “Los prejuicios, y es bien sabido, son difíciles de erradicar del corazón de aquellos que nunca han fertilizado su educación. Crecen allí, firmes como malas hierbas entre rocas”. Entonces, en definitiva, el no saber escuchar produce muchas enfermedades y daños a la sociedad desde sus actores políticos, entre estos, principalmente los docentes y la constitución de la familia. Ahora bien, una de esas tantas enfermedades son los prejuicios esos, que no nos dejan ver más allá de las apariencias y que nos hacen sentir dueños y señores de armas para eliminar a los que son diferentes a nosotros con nuestra ignorancia, tratándolos de volver invisibles en nuestra mente, tratando de ignorarlos, callarlos y no entender nada de lo que dicen cuando hablan porque no es importante para nosotros. 

Para terminar, quiero reafirmar la solución que nos dio el profesor José Cano para combatir este grave mal, la cual es simplemente hacer consciente el sentido de la escucha y ponerlo en práctica cada día con cada persona que quiere ser hablante o quiere comunicarnos algo, aunque no sea una persona de nuestro agrado, porque en la vida es cierto ese dicho popular: “la práctica hace al maestro”. Por eso, debemos practicar cada día este sentido para mejorarlo y con ello, cambiar nuestro mundo, aportar un granito de arena a la armonía, equidad, justicia, paz y la democracia, una que no solo este escrita, sino que sea real. Para lograr lo dicho, simplemente hay que poner en práctica simples técnicas, como:  

  • ·         Tener una actitud de escucha. 
  • ·         Controlar la velocidad de nuestros pensamientos y usar nuestra inteligencia para procesar el mensaje del receptor y aprender de él. 
  • ·          No adelantar conclusiones y dejar de lado los prejuicios para sorprendernos de todo lo que una persona puede ofrecernos. 
  • ·          Finalmente, escuchar activamente y hacer sentir a las personas escuchas.

domingo, 14 de agosto de 2016

Aprender a escuchar:


                                     
Plutarco decía que “Para saber hablar es preciso saber escuchar”. Asimismo, yo he oído que escuchar es el primer sentido que desarrollamos y el último que perdemos. De ahí que este sentido sea tan importante para el desarrollo de nuestras habilidades y competencias comunicativas durante toda nuestra vida, porque no es solo el que nos permite ubicarnos o darnos información necesaria para nuestra supervivencia, sino que nos permite reconocer el placer y disfrute de sentirnos amados, de ser llamados por nuestro nombre, de escuchar la voz de nuestros seres queridos y percibir una hermosa melodía llamada canción.

Pero, antes de cualquier explicación lógica acerca de la trascendencia comunicativa de este, quisiera hablar desde mis propias experiencias y desde algunas preguntas que he fabricado al tomar el papel de receptor, de quedarme callada y ser capaz de entender o simplemente esperar para responder y decir con agrado, enfado o impulso todo lo que mueve dentro de mí esos sonidos del otro, sus palabras y más que eso, los sentidos que produce.

En efecto, siempre me ha parecido muy difícil hacer distinción entre eso que los sonidistas llaman planos sonoros, pues no soy hábil para distinguir cuál es más importante que otro, ya que no logro concentrarme en el plano principal, ya sea por cercanía o por ser el más relevante en ese momento. Tal vez, por estar relacionado con la voz de mis maestros, los consejos de mi madre o las enseñanzas de la iglesia. Entonces, fácilmente mi oído escucha la vocecita de los niños jugando, los comentarios de otras personas alrededor, los sonidos de afuera, los movimientos de los animales u otras personas. Es un juego interminable de sonidos, de ideas, de palabras que entran y salen, forman conceptos y me confunden en un mar de pensamientos sin fin, no sabiendo, en muchas ocasiones, dónde terminan los pensamientos del otro y dónde surgen los míos o los de mi otro “yo”.

Lo anterior me hace cuestionarme sobre ¿Qué realmente debo escuchar?, ¿por qué debo escucharlo todo?, ¿por qué hay palabras y consejos que nunca se olvidan?, ¿por qué hay sonidos que te paralizan?, ¿por qué hay sonidos que te hacen estallar de alegría o de tristeza?, ¿hay sonidos que te pueden matar?, y más aún, ¿por qué escuchar trae tanto peso sobre los hombros de una persona?

No obstante, me doy cuenta que es más fácil preguntar que entender muchas realidades que simplemente nos afectan. Como lo dije antes, parece ser que me es difícil y no solo a mí, sino a muchos nos es difícil diferenciar entre lo que es basura y lo que es importante a la hora de escuchar. En mi caso, le atribuyo toda la culpa a la cortesía y al deseo de ser tolerante, pues me hacen escuchar bastantes discursos que son desagradables. Se supone que es lo que debo de hacer, aunque haya descubierto hace poco que hay palabras que deben ser ignoradas; hay personas que deben ser olvidadas y discursos que deben ser evitados porque fracturan el alma, porque hieren el corazón y deterioran la conciencia.


Por eso, he recibido con agrado esas palabras que me muestran qué escuchar y cómo aprender a escuchar, las cuales se encuentran en ese famoso libro de la sabiduría, la Biblia. Por ejemplo, cuando esta dice: “Hijo mío, presta atención a mi sabiduría, inclina tu oído a mi prudencia […] Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre […]. En conclusión, no necesito más que llenar mis oídos de aquello que me acerca a la sabiduría y restarle valor a eso que trae necedad, caos y tristeza, pero para eso necesito escuchar mucho, aunque no quiera porque tengo que seguir diferenciando la intención de las palabras, porque no todos los sonidos que traen alegría son los más apropiados, ni todos los sonidos que traen tristezas son los que, realmente, nos hacen daño. Entonces, no tengo más remedio que seguir escuchando hasta que me muera y seguir creciendo en sabiduría hasta que pueda escuchar.

domingo, 7 de agosto de 2016

La historia de mis palabras:

 Agosto 7 de 2016


Siempre me he preguntado por qué las palabras valen tanto, su precio es tan abrumador que muchas veces me he quedado endeudada con bastantes personas y en otras ocasiones solo he decidido no gastarlas, pues como dicen las famosas palabras que hicieron célebre al filósofo Eurípides: “Si tienes palabras más fuertes que el silencio, habla. Si no las tienes, entonces guarda silencio.” Por eso he tomado bastantes decisiones que me han traído mucha alegría y otras, bastante tristeza, ya que, en el papel, en el tablero, en los cuadernos, agendas o en las hojas de los árboles se puede borrar, quemar o destruir lo que uno escribe, pero jamás se puede borrar una buena o mala palabra que se profiere a una persona a la que amas, ni mucho menos, desdecir una palabra hiriente, cortante e imprudente que uno haya dicho en algún momento. Siempre somos recordados por nuestras palabras, es decir, por esa compleja capacidad, desarrollo, habilidad y competencia que hemos alcanzado como sociedad racional.

Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en los discursos que hicimos esta semana como actividad de desarrollo y evaluación de nuestra expresión oral en la clase de “Naturaleza de las Áreas en español”. En ésta, vimos una muestra de quiénes somos, porque las palabras constituyen la esencia de nuestro ser; ellas junto con las características de la expresión oral como el tono, el timbre, la intensidad y  la expresión corporal dibujan el carácter de nuestra personalidad, la belleza de nuestro espíritu, la amplitud de nuestra experiencia, lo basto de nuestro conocimiento y la luz de nuestra sabiduría. No obstante, mi escrito tiene otra intención y es mostrarles a través de un pequeño ejemplo esas vivencias que habitamos y construimos cada día a través de las palabras, como vehículo que nos lleva de la niñez a la senectud, de la inocencia al amor, de la tranquilidad a la pasión, y de la soledad a la compañía.

Así sucedió aquella vez, hace más de un año, donde se repetía el arduo proceso de ensayo –error que vivieron la mayoría de nuestros antepasados cuando trataban de cumplir y disfrutar el proceso natural de selección de pareja para la etapa romántico-reproductiva. Sí, me vi envuelta en ese proceso que muchos pasan con dolor y que unos pocos afortunados y despreocupados seres encuentran a la vuelta de la esquina, sin mayor esfuerzo y como si fuera una “Lotería”.

Yo, que siempre he sido una chica espontánea y divertida, me llené de pavor al encontrar los ojos de aquel muchacho con el que había soñado hace muchas semanas. El temor siguió creciendo cuando él decidió acercarse y cortar el hielo con estas sencillas palabras: —Tú eres del primer semestre, nunca te había visto antes— y yo solo pude responder trastabillando— sí— y me alejé. Desde ese momento, marqué decisivamente lo que sería nuestra relación, porque definitivamente, las palabras rotulan con un matiz espacial nuestras relaciones con los otros y nosotros mismos. Cuando pienso en aquella historia, puedo echarle la culpa del fracaso de esta relación a las palabras y a nuestra poca incompatibilidad para comunicarnos, pero también puedo agradecer el inicio de otras nuevas relaciones, donde las palabras fueron las más adecuadas, dulces, y donde la comunicación era casi perfecta porque se resumía en pequeñas palabras y muchos besos.


Para concluir, las palabras son todo lo que tenemos. No tenerlas es mutilar parte de lo que somos, es desdibujar la condición de lo que nos constituye como seres complejos llenos de belleza, emoción, inteligencia, experiencia, conocimientos, es decir llenos de singularidad irrepetible. La oralidad es nuestra existencia visible en la sociedad, es nuestra arma, nuestra llave para acceder a todo lo que es humano y necesario para nuestra supervivencia en este mundo creado y sostenido por la palabra sabia del creador.

lunes, 1 de agosto de 2016

Como si fuera la primera vez para naturaleza de las Áreas en Español...

Como si fuera la primera vez…


Al iniciar cada semestre me preparo meticulosamente como en una especie de ritual para poder recordar tanto el nombre, como el rostro y el tipo de relación que tengo con los compañeros, los profesores y los empleados de la Universidad a la que pertenezco hace ya casi tres años. Me parece bastante extraño pasar por un proceso de aprendizaje y olvido que no dura más de cuatro meses y que me cuesta bastantes conjeturas y adivinanzas.

Luego de una semana de clases, apenas inicié mi semestre electivo el lunes pasado porque por azares de la vida, pasé por bastantes problemas y olvidos. Aunque, el miércoles en la mañana pude regresar donde aquel agradable hombre, al que sí lograba recordar en totalidad, tanto por su mirada triste como por su nombre de galán de novela de los ochenta: “Fabián”. No lo veía hace más de ocho meses y me sorprendía que en sus recomendaciones médicas me dijera que me sintiera afortunada de esta condición porque me dotaba de una profunda libertad y paz, que tal vez, otras mujeres no tenían, puesto que ellas recordaban con detalle demasiadas cosas que les complicaban la vida como cumpleaños, problemas y peleas pequeñas entre ellas y otros demonios como rencores y odios; basura innecesaria que les hacia la vida muy pesada.

Por lo cual, aquel día, al salir de ese lugar frío y bastante cuadriculado pude recordar vagamente otro día, con poca claridad, pues lo veía como en fotos en blanco y negro de poca resolución. Finalizaba el quinto semestre, cundo me encontré con aquella mujer de unos treinta años y de estatura pequeña; en ese momento, sentí en mi corazón que era una gran amiga y que debía abrazarla o por lo menos mirarla con ternura, pero ella me miró con odio y algo de temor. Entonces, pude adivinar que tal vez tuve una gran discusión con ella y que, en vez de ser amiga, tal vez, era una de mis “enemigas” a las que no conocía o no podía recordar con tanta facilidad. Desde luego, me reí profundamente porque me di cuenta que olvidar es el mejor remedio para seguir sonriendo cada día y aprender cada día como si fuera el primero.

Finalmente, pude entender el valor de la escritura para toda la humanidad, y especialmente, para aquellos seres como yo, de memoria perdida y olvidadiza, ya que nos permite responder a todos nuestros compromisos tanto sociales como académicos, personales y espirituales. En primer lugar, al escribir fechas importantes como reuniones, exámenes, cumpleaños, matrimonios y otros, podemos llegar a tiempo y ser conocidos por nuestra puntualidad, seriedad y consideración.

En segundo lugar, al escribir todos los datos suministrados en clase podemos aprenderlos y no olvidar ninguno para futuros parciales o evaluaciones. En tercer lugar, tener notas sobre nuestras citas médicas o al guardar las recomendaciones de algunos médicos como Fabián, que no solo son médicos del cuerpo, sino del alma porque con ellos se puede aprender mucho, y sobre todo nos enseñan a valorarnos cada día con nuestras debilidades y posibilidades. Por último, podemos reescribir bellezas tan incalculables como algunos versículos de la Biblia, que nos han hecho recibir consuelo y fortaleza en momentos de aflicción. En síntesis, escribir es el arte de preservar lo importante tanto desde lo social como desde lo íntimo.